El Mar Cantábrico desde el palacio de la Magadalena
El Mar Cantábrico desde el palacio de la Magadalena

Hace un mes aprovechando el viaje a Asturias para el TBMGIJÓN por cuestión de vuelos me tocó volar a Santander y decidí aprovechar para conocer la ciudad de paso. Santander es una ciudad pequeña, tranquila y con muy pocas cosas que ver, así que es perfecta para una visita relámpago. La culpa de esto la tiene en parte un incendio que en 1941 destruyó la mayor parte de su centro histórico. Ese incendio se conoce como el andaluz y no porque lo provocara algún nacido de esa, en ese momento, región si no porque empezó en la calle Cádiz y terminó en la calle Sevilla. Aquello dejó lo que es el centro de la ciudad tras su reconstrucción de escenario digno de Amar en Tiempos Revueltos, la serie de Televisión Española de la guerra civil y la posguerra, que ahora la da Antena 3 con otro nombre. Lo que da la sensación de estar en un época histórica que solo debería aparecer en los libros de historia y series de televisión. Andaba por allí y tenía una sensación extraña, no desagradable si no que faltaba algo, la ciudad me parecía increíblemente sosa.

Playa Segunda del Sardinero, Santander
Playa Segunda del Sardinero, Santander

Eso fue hasta que llegué a los jardines de Pereda donde el señor Botín, el del banco de Santander se está haciendo un Guggenheim según oí decir a la gente, pero sería más adecuado un Caixaforum. Es mucho más que un museo y se está haciendo de manera que no tenga excesivo impacto ambiental, se siga viendo los jardines y lo que yo parece ser que andaba buscando desesperadamente, no me había dado cuenta que lo echaba tanto de menos. El mar o cómo queráis llamarlo, mar Cantábrico o bahía de Santander, vivo en isla y cerca del mar pero hacía semanas que no lo veía, entonces aquello me pillo de sorpresa, aunque sabía que estaba allí. Entonces como la rana que se convierte en príncipe, el gusano que sale de su capullo transformado en mariposa y el patito feo que crece y ha resultado ser un bello cisne, aquella ciudad dejó de ser sosa y teñida de gris.
Ese mar que a mi me conquistó, ya lo había hecho antes con los romanos que fueron los primeros que utilizaron su puerto para el comercio. Está claro que esta ciudad sin el mar no existiría, no habría podido desarrollarse. Hay un gran contraste entre esa parte del centro anclada en otra época y la que rodea más de cerca a la bahía. Desde los jardines de Pereda hasta la península de la Magadalena y desde las playas de Camello, San Roque, La Concha y las dos Sardineros hasta el faro de cabo Mayor es con razón donde pasan la mayor parte de rutas turísticas de la ciudad.

Museo Marítimo del Cantábrico
Museo Marítimo del Cantábrico

Eso fue básicamente lo que vi de Santader, primero por la tarde que llegué hasta el Museo Marítimo del Cantábrico. Este museo que abren hasta las 19:30 bien vale los 8€ de la entrada, son 4 plantas dedicadas totalmente al mar cantábrico , historia, vida, oficios e incluye un acuario con especies autóctonas. Unos pececitos que vi la mar de apetitosos y no porque estuviera falta de hambre, cosa que en Santander es imposible. Uno por los enormes pinchos con los que puedes cenar o comer en cualquier bar a precio bastante asequible sobre todo al principio de lo que sería el antiguo centro histórico y por los helados artesanales que puedes encontrar en cualquier parte de la ciudad. Llegué a ver como cuatro marcas más locales de los que en un día y medio solo llegué a probar dos, Capri en el paseo de Pereda y Regma que encontré por el centro. Nunca se me habría ocurrido asociar Santander con helados y menos con turrones, porque también los fabrican y venden todo el año.

Pinchos cantábros tamaño casi real
Pinchos cantábros tamaño casi real

Lo que si conocía y no quise dejar de visitar fue el Palacio de la Magadalena, sede de la universidad internacional Menéndez y Pelayo y residencia de verano de Alfonso XIII. Es sin duda uno de los iconos de la ciudad y se puede visitar por sólo 3€ en visita guiada que se hace tres veces al día. El palacio fue construido por suscripción popular de la gente de Santander para regalarlo a Alfonso XIII para que viniera a veranear con su familia porque pensaron que eso atraería más turismo y comercio. A la familia real en aquella época les gustaba mucho Santander, sobre todo a la reina Victoria Eugenia que le recordaba a su Gran Bretaña natal y además tenía la oportunidad de perder de vista a su suegra y de mandar en su casa. Es algo que pudo hacer durante casi 20 años, hasta que en 1931 se proclamó la República Española y tuvieron que salir corriendo.

Palacio de la Magdalena, Santander
Palacio de la Magdalena, Santander

En los años 70 en vista que la familia real no utilizaba el palacio aunque la monarquía se había vuelto a restablecer en España, el ayuntamiento de Santander quiso recuperar el edificio. Así que se fue a hablar con Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII y padre o ya debería decir el abuelo del rey actual, vaya momento para jubilarse Juan Carlos I, que en ese momento era el jefe de la familia real para llegar a un acuerdo. Y el conde de Barcelona puso tres condiciones para entregar las llaves del palacio, primero que se abriera la zona al público y que el palacio se pudiera visitar, segundo que se siguieran celebrando los cursos de la universidad internacional y tercero que siempre hubiera habitaciones preparadas para que algún miembro de la familia real pudiera alojarse en caso necesario. Y además un pago “simbólico” de 150 millones de pesetas, unos 900.000€ de ahora. Voy a decirlo como dijo la guía de la visita, acabaron pagando dos veces por lo mismo, pero a pesar de todo han hecho bien en recuperarlo y aceptar las condiciones.

Isla de Mouro, vista desde el Palacio de la Magadalena
Isla de Mouro, vista desde el Palacio de la Magadalena

Porque desde luego el lugar es de película, de hecho los exteriores de la serie Gran Hotel se grabaron allí, que está ambientada a principios del siglo XX más o menos la misma época de construcción del palacio. Y a parte de escenario televisivo, es también lugar de celebración de bodas civiles, algo que los santanderinos saben muy bien y lo eligen más que el propio ayuntamiento por lo visto. Es que solo las fotos deben quedar bestiales con el bosque, el palacio y el mar con la isla de Mouro. No hay nadie que se anime a celebrar una boda en La Magadalena, invitándome a mi por supuesto, así termino de comer los helados que me faltan, me baño en el Sardinero y veo la Bahía desde Somo y Pedreña que no pude hacer el recorrido en barco. Desde luego aquella ciudad que parecía insulsa y pasada de moda acabó conquistándome y es que las apariencias engañan.

Que ver en Santander en 1 día o el día que me enamoré del Cantábrico

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